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lunes, 30 de mayo de 2016

MARTA Y MARÍA

                                  MARTA Y MARÍA
                                 SERVIR  Ó  RECIBIR
                                 Lectura,  Lucas, 10:38/42
               
                La porción que se habrá leído, la he traído a nuestra reflexión por que encierra dos criterios sobre el significado de este episodio; algunos han pensado que aquí se trata de mostrar que las obras de caridad o amor al prójimo, no son suficientes, pues también se requiere la fe (Stg.2:18)
                Otros sugieren que este suceso manifiesta que una vida receptiva tiene cierta preeminencia sobre una vida activa; de ahí que me sugiere el titulo, Servir ó Recibir.
                Es bien evidente que una vida de servicio presupone aptitud, dedicación y entrega para tal caso; pues este servicio es de tal naturaleza que requiere dependencia constante y absoluta del Señor y al parecer María escogió la parte buena.
                Debo confesar que esta porción fue objeto de una exhortación, que en Diciembre del año 1972 pronuncie a la iglesia; pues a la sazón se había inaugurado la iglesia hermana en la barriada de Pubilla Casas, en (Hospitalet)-Barcelona y una intensa actividad se desarrollaba entre ambas iglesias; el servicio era muy a menudo y se corría el riesgo de que tanto los responsables como los ayudadores, pudiéramos correr el riesgo de agotarnos - en términos coloquiales- pudiéramos “quemarnos”. Esto fue el motivo de mi exhortación y que a continuación, juntando mis notas procuraré traer a vuestra reflexión.
                Principiare diciendo que estas dos hermanas se parecían en una cosa; ambas amaban a Jesús y eran amadas de él. (Jn.11:5)  La diferencia consistía en que para Marta lo principal era servir, mientras para María lo importante era el recibir las enseñanzas del maestro, manifestándose por el hecho de sentarse a sus pies y escuchar sus palabras.
                Muchos nos seguimos preguntando: ¿Qué es lo principal en la vida cristiana, servir ó recibir? El mismo Señor contesta definitivamente esta pregunta diciendo: “María ha escogido la buena parte,” porque mis queridos todos, sin recibir es imposible que le podamos servir, puesto que de la abundancia del corazón hablará nuestra boca y esa misma regla de abundante conocimiento, hará que no estemos ociosos; no podemos nos dice Stg. 1:22,  “ser oidores solamente sino también hacedores;” así que ambas cosas son importantes y se complementan entre sí, siendo en orden a prioridades el conocimiento de su palabra,  “como la buena parte”.
                Recordemos lo que el Señor Jesucristo les dijo a sus discípulos, cuando les dio la lección de humildad al lavarles los pies: “si sabéis estas cosas, bienaventurado seréis si las hiciereis” (Jn.13:17  así pues el orden es; saber (conocimiento) y hacer u obrar en consecuencia. Por consiguiente, esto es lo que no podemos perder de vista, ya que se corre el peligro de darnos a un servicio, sin darnos tiempo a recibir.
                I.- EL PELIGRO ACTUAL Y DE SIEMPRE
                El servir sin dar tiempo a recibir, implica un grave peligro para nuestra vida espiritual y de testimonio; sin duda que la lección que nuestro Señor Jesucristo nos quiere dar al avisar y prevenir a Marta, es que estemos vigilantes contra este peligro de turbarnos afanando muchas cosas.
                Podemos estar bien seguros que Cristo no usaría palabras de advertencia a Marta, si verdaderamente no fuera un peligro. Acaso estemos poseídos del espíritu de Marta y nos hallamos en una actividad vertiginosa y sin descanso, hasta el punto que nos falte tiempo para sentarnos a los pies del Señor nuestro maestro a recibir; nos hallamos tal vez como quien constantemente está haciendo gastos sin tener ingresos; no cabe duda que nos sobrevendrá necesariamente la bancarrota y muchos objetivamente damos muestra de ello.
                Es para prevenir la bancarrota espiritual del discípulo, predicador o enseñador y sus consecuencias en la iglesia, que levanta el Señor su dedo y nos dice: “una cosa es necesaria”  que te sientes a recibir, esto sí, a sus pies, pues no todo depende de lo que hacemos, sino de lo que recibimos de Él.
                II.-  COMO SE RECIBE
                Mejor que toda explicación, la escena nos la dibuja el texto de Luc. Vrs.39  “María sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra”  Esto implica una condición de tranquilidad y paz: ¿Como podemos recibir algo del Señor sin habernos tranquilizado el espíritu en su presencia? La meditación de su palabra, la oración constante y la comunión, es la mejor parte que podemos escoger si queremos que nuestro servicio y testimonio sea real e impregnado del espíritu.
                “ A los pies de Jesús” Esto es la buena parte y el secreto de una vida espiritual más profunda que no será quitada; podrán venir luchas continuas, desalientos y pruebas sin fin, pero sí estamos a los pies de Jesús no lucharemos solos puesto que él nos alentará y venceremos.  A los pies de Jesús implica que él habla y nosotros debemos escuchar, atención pues, porque él solo tiene palabras de vida eterna.
                III.-  ¿QUE PUES DEL SERVICIO O ACTIVIDAD
                Nadie podrá pensar que nuestro Señor Jesucristo, quiera dejar el servicio abandonado como inútil, él mismo nos dijo que vino para servir y no para ser servido. Lo que el Señor quiere y desea no es una actividad afanosa o la cantidad a realizar, sino mas bien la cualidad y la calidad sean el objetivo principal y no hagamos de nuestro ministerio, (como vulgarmente oigo, cumplir el expediente o compromiso) Porque en la condición humilde a sus pies, nacerá la verdadera voluntad de servir y en esa condición nos concederá sabiduría y gozo en el servicio, allí se nos proporcionará, poder y toda clase de recursos para que nuestro deposito rebose en abundancia y no entremos en bancarrota, y ante la prueba, sin duda, verán en nosotros profundidad espiritual.

“Cuando el corazón se siente lleno por la mano del Señor,
 se goza en imitarle, dando.”

                                                                                                              V. Ibáñez

lunes, 14 de marzo de 2016

DIOS MÍO, DIOS MÍO ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO?


                        DIOS MÍO, DIOS MÍO,
          ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO?
                           Texto. Mateo. 27:46
Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo:
Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es; Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado?
          Lectura: Mateo. 27:32 al 54  -  Marcos. 15:21 al 41
                            Lucas. 23:26 al 49  -  Juan.19: 17 al 30
 
            Las lecturas de estos pasajes del Nuevo Testamento, nos detallan, todas las incidencias acaecidas en la crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
            Marcos, 15:25 nos relata que era la hora tercera (nueve de la mañana) cuando le crucificaron; y los tres evangelistas, Mateo, Marcos, y Lucas, nos detallan que desde la hora sexta, (doce del medio día) hasta la hora novena-nona, (las tres de la tarde) hubo tinieblas sobre toda la tierra.
            Nuestro Señor Jesucristo fue consciente de todo cuanto le ocurría; él sabía que el vaso de pasión debía apurarlo
porque era la voluntad de su Padre Dios cumpliendo así con las profecías, en cuanto a la redención de los hombres,  y su función redentora tuvo su culminación en la Cruz del calvario.
            Hemos leído como él pide al Padre, el perdón para sus verdugos; había abierto el cielo a un ladrón arrepentido, había comprendido el dolor de su madre y procuro aliviarlo uniéndola, a aquel que mejor que nadie podrá suplir su ausencia, Juan el discípulo del amor.
            Tras estas manifestaciones de afecto y sentimientos del corazón divino de Cristo, sucedió una espantosa depresión   
de su espíritu. Era cerca de la hora novena, cuando llevaba seis horas clavado de pies y manos en la cruz, escapándosele la vida en forma de hilos de sangre que empapan su cuerpo y la misma tierra, en medio de una intensa tiniebla.
            Ved a Jesús, el Cristo de Dios, mis queridos amigos, en medio de esa tiniebla, desangrándose casi ya sin tensión en sus nervios y músculos, porque el alma se le escapa lentamente de su cuerpo; sus ojos vidriosos inyectados en sangre por la vehemencia de los dolores y escarnios sufridos, y como reconcentrándose en la visión de su miseria, vuelve sus ojos al cielo y exclama con voz desgarradora.
            Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
            Y es que, mis queridos lectores, la visión de la muerte cercana, produce siempre en el espíritu del hombre, una impresión de soledad y de espanto. Soledad, porque nada hay más solo que un hombre que va a morir; ¡qué importa que este rodeado de sus deudos y amigos más queridos! Al fin ha de pasar el solo el valle de la muerte. Espanto, porque la rotura del hilo de la vida es lo más pavoroso para el hombre.
             La rotura de ese lazo entrañable que une la materia y el espíritu, el abandono forzoso de los bienes y de las afecciones de la vida, la negra oquedad de la tumba que abre sus fauces al pie mismo del lecho del moribundo, la soledad fría, la corrupción siempre repugnante que se cebará en el cuerpo, hacen espantoso el trance de la muerte.
            Nuestro Señor Jesucristo, no debía, no quería dispensarse uno solo de los trabajos de la muerte. Es cierto que su cuerpo no verá la corrupción, dentro de tres días resucitará glorioso, pero esto no quita ni la acerbidad (crueldad-rigor) de los dolores, ni la tremenda realidad de la muerte, por cuyo trance ha de pasar, Cristo, por todos nosotros. (Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos- Hbr.2:9)
            I.-  EL DESAMPARO DE CRISTO
                Eran cerca de las tres de la tarde, en plena penumbra, angustia y agonía del alma, cuando Cristo exclamo:
            “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Hay en esas palabras de Cristo en la cruz, una clara referencia al versículo primero del Salmo 22, escrito por el Rey y profeta   David; en este salmo el profeta cuenta la historia anticipada de  los tormentos de Cristo en la cruz, él vio al ungido de Dios a mil años de distancia colgado entre cielo y tierra abandonado de Dios y de los hombres; y a la luz de la visión profética pudo penetrar en los secretos del espíritu del divino crucificado, relatándonos las notas más salientes de lo que fue su conflicto allí, hasta componer el Salmo en cuestión que más parece escrito con la misma sangre del Redentor al pie mismo de la cruz.
            Esta exclamación profunda y espantosa que apenas podemos comprender, debería conmovernos y estremecernos, al considerar la previsión y provisión; que ya en lo antiguo fue profetizado Cristo como nuestra sustitución por el pecado; según el decir del profeta Isaías: Dios cargó en él el pecado de todos nosotros.(Isaías 53:4/6)
            Cristo se siente desamparado, porque el Padre celestial ha puesto entre él y el alma de Jesús, la nube obscura de la justicia divina ofendida por el pecado y las transgresiones de los hombres, cuya carga lleva sobre sus hombros en expiación.
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. (2ª.Cor.5:21)
            Tal era la trascendencia de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, que fue necesario tal abandono: El debía apurar solo hasta la hez, el vaso de su pasión que por amor a nosotros estaba consumando, esto es; “efectuando la purificación de nuestros pecados y gustando la muerte por todos” (Hbr.1:3 y 2:9)
            Sí, mi querido y paciente amigo; cuando nació Jesús en Belén, la noche se iluminó, ahora en la consumación de su obra redentora, el día se convierte en noche; y es que por decirlo así: Dios asocia las tinieblas prolongadas, al pensamiento de aquel pueblo deicida y al hombre de hoy, que le rechazó y rechaza a causa de su pecado. “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn.9:41) Y en esa angustia, querido lector, no veas en él desesperación alguna, sino la lucha del espíritu de Cristo, que se debate entre dos fundamentales sentimientos; el del deber que como,  ·el cordero de Dios”  le impele ir hasta la muerte afrentosa en Cruz, y el de la esperanza que le permite ver en el horizonte del tiempo venidero, la gloria de los redimidos por su sangre.(Isaías.53:10/12)
II.-  DESAMPARADO POR SER NUESTRO SUSTITUTO
            La palabra de Cristo en la cruz no fue una queja, ni una duda, él sabía que como buen pastor ponía su vida por sus ovejas y que tenía poder para ponerla y volverla a tomar; (Jn.10:15/18)  aclarándonos que esto lo recibió de su Padre como mandamiento.
            Por consiguiente él sabía que su vida ofrecida en el altar de la cruz seria pasajera, porque sufriría como inocente-sustituto y no como culpado: Y fue en esas circunstancias, - como sustituto – que pronuncia esta palabra, por el horrible terror que le produce tal situación y para que los hombres nos enteremos de una vez de su verdadero ministerio y sintamos junto con un mayor amor al Salvador, un mayor aborrecimiento al pecado, que causó y que hizo inevitable tal separación y abandono.
            Así vemos morir a Cristo en el más espantoso de los abandonos, entregado a la furia de ese torbellino de pasiones que contra él se habían desatado. “Le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. Le escarnecían diciendo: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar”  Aquí el espíritu de Cristo en la profecía del salmo 22, dice: “En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y no fueron avergonzados. A ellos les libraste pero a mí no, porque ha venido a ser moralmente “gusano y no hombre, soy el oprobio de los hombres y el despreciado del pueblo.”
            Cristo en medio de esa espantosa manifestación de furia, pasión y odio, exclama: “No te alejes de mí, porque la angustia esta cerca, no hay quién ayude. Me han rodeado, como fuertes toros, abriendo sobre mí su boca. He sido derramado como agua, y todos mis huesos se han descoyuntaron; mi corazón como cera derritiéndose en mis entrañas. Como tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar….Ellos me observan cómo me han horadado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos. Repartieron entre sí mis vestiduras, y sobre mi ropa echaron suertes.”
            No hubo salvación para nuestro bendito Jesús, porque era el sustituto universal de los pecadores, el mío y el tuyo apreciado amigo. El justo morirá, por nosotros las injustos para llevarnos a Dios. “El nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición, (porque escrito está: Maldito todo aquel que es colgado en un madero) (Gal.3:13)
            Dios el Padre, no detendrá su brazo de justicia como lo detuviera en su día el de Abraham cuando se proponía, por obediencia a Dios, sacrificar a su hijo. Cristo Jesús es la expiación de nuestro pecado, él ha de gustar la muerte por todos y vencerla; y cuando entregue su espíritu al Padre y la tierra tiemble y el viento huracanado barra la loma del Calvario y azote las carnes lívidas del cuerpo de Cristo; parecerá que resuene poderosa como salido del pecho del crucificado la palabra de la desolación y del abandono.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Mis queridos amigos, hay horas tremendas en la vida del hombre, que no son las horas del trabajo, ni de la miseria, ni de la enfermedad, ni siquiera de las luchas enconadas de la vida: Son esas horas de abandono en que parece que todo el mundo se ha olvidado de nosotros, o lo peor, que todo el mundo se ha vuelto contra nosotros.
Pero mí querido lector, hay otro abandono más grave en la vida de los hombres y en el que tal vez no nos hayamos fijado: Es el abandono de Dios por parte nuestra, es la salida de la atmosfera de Dios fuera de la cual no hay sosiego ni consuelo por qué: Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Isa.53:6)  Y cuando llega la hora de la muerte se revela la desolación tremenda del espíritu que ha podido vivir sin Dios, pero que no es capaz de morir tranquilo sin Dios; pensemos mis amigos, por un instante, si en esa hora tan tremenda de angustia y soledad, Dios nos dijera:
Hijo mío, Hijo mío, ¿por qué me has abandonado, porque me has ignorado?  Gracias a nuestro bendito Salvador Cristo Jesús, el cual tomo mi lugar y el tuyo allí en la Cruz, que por su muerte derribo lo que impedía el acercarnos a Dios, el pecado. “Cristo fue ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos” (Hbr.9:28)  El fue desamparado por haber sido .hecho pecado por nosotros, para que Dios pudiera ampararnos a nosotros para siempre. ·El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?                                                                                                        V. Ibáñez
Comentarios:
vicenteibanezsaez@hotmail.com        
             
 

martes, 5 de enero de 2016

LA LEY DADA Y LA GRACIA MANIFESTADA


            LA LEY DADA    Y    LA GRACIA MANIFESTADA
          >Léase las Lecturas citadas; no mencionadas por evitar espacio<
            Lecturas.  Éxodo. 20.18/22  y  Hebreos. 12.18/24
 
            Estos pasajes que hemos leído y que tomo como base para la presentación del evangelio de la gracia de Dios, hallamos un claro contraste, entre el Código del Sinaí, (la Ley dada) y la bendición del Evangelio de la gracia.
            Este contraste está perfectamente de acuerdo con el tema general de la epístola a los hebreos, que es: La superioridad de la obra y sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, sobre la Ley. Es decir; entre la fundación del antiguo Pacto sobre el monte de Sinaí, y el fin glorioso y dichoso que el Nuevo pacto mediante Jesús, propone a todos los creyentes.
            La descripción del Sinaí, que tenemos en este pasaje de hebreos, está basada sobre Éxodo, cap.19 y 20. Presentándonos una escena terrible, en medio de la cual, fue dada la Ley. Monte que ardía en fuego, la tempestad, la oscuridad, el sonido de la bocina que iba en aumento, y la voz  tronante de Dios que hablaba con Moisés. Tan espantoso y terrible era lo que veía Moisés, que dijo: Estoy espantado y temblando. He.12:21  Todo ello ponía de manifiesto que esos símbolos de la Santidad y de la Justicia de Dios, quitaban al pecador toda esperanza de justificación y salvación por medio de las obras de esa ley que  así se promulgaba y de cuyo incumplimiento les condenaba. Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Gá.3.10
            En la ley, Dios, declara lo que el hombre debía hacer y lo maldice si no lo hace. Es como una piedra de toque, que se usa para saber si un metal, es o no es, oro; no es de extrañar pues, que Moisés
 dijera al pueblo, Para probaros vino Dios. Ex.20.20.  Si, mi querido amigo, cuando el hombre se examina a la luz de la ley, ve que precisamente él, es aquello que la ley condena.
            Me explicaré: La ley era y es, en cierto sentido, como un espejo perfecto, enviado del cielo a esta tierra para revelar al hombre cuanto se había desfigurado moralmente.
            Si yo me pongo delante de un espejo con mis vestidos en desorden y todo despeinado, me enseñará cuan calamidad soy y desordenado; pero no me arreglara mi desorden. Si en una habitación abandonada al desorden, dejamos que entre un rayo de la luz del sol, esta nos descubrirá, el desorden, la suciedad y el abandono; sin embargo la luz del sol, no crea la suciedad ni el abandono, ni los crea ni los quita;  eso sí, no hace más que manifestar el estado en que se encuentra.
            Lo mismo ocurre con la ley, no crea el mal en el corazón del hombre, ni tampoco lo quita, solamente hace que manifestarlo con exactitud infalible. El apóstol Pablo apoyando esta ilustración nos dice: Yo no conocí el pecado sino por la ley. Ro.7:7 Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. Ro.5.13
            La reacción de aquel pueblo fue consciente y consecuente, ellos se vieron tal cual eran delante de Dios y tuvieron miedo y   temblado se apartaron y se pusieron lejos; pues no se consideraban dignos de estar ante la presencia de la santidad de Dios, diciéndole a Moisés: Habla tú con nosotros y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros para que no muramos. Ex.20.19 En He.12.20, se   nos dice, con respecto a esto:  Porque no podían soportar - o llevar – lo que se les ordenaba.
            En cambio, la bendición del Evangelio, no tiene ninguna  limitación, ni tampoco Dios se halla alejado del hombre, pues habiendo sido quitado la ofensa o el pecado, por el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, el hombre ya puede acercarse a Dios sin temor. 
            El autor de Hebreos, introduce ahora, el contraste entre el lugar donde se ha acercado el creyente, con el lugar a que llegaron los israelitas, esto es, entre el Sinaí y Sion.  De paso aclarare que Sion es el monte donde esta asentada la ciudad de Jerusalén, en Palestina, centro de la vida religiosa y espiritual del pueblo de Israel y donde Dios moraba.  Porque Jehová (Dios) ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí. Este es para siempre el lugar de mi  reposo; aquí habitaré, porque la he querido. Sal.132. 13/14      Luego el termino Sion, llega a usarse en las escrituras con referencia a la ciudad de Jerusalén y también con referencia a Israel como pueblo de Dios.
            Pero el escritor sagrado nos dice: que no nos hemos acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad….    sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial. Y emplea estos términos para distinguirla de la Jerusalén terrenal de Palestina.
            Es pues bien evidente que el autor habla espiritualmente,  - de algo que no se podía tocar – y se refiere al Cielo, de la que Jerusalén  ciudad en la que según las escrituras Dios habitaba, era un símbolo. Y esto se comprende  y se comprueba, en la siguiente expresión; cuando el autor de Hebreos sigue diciendo:  Y a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos.
            Así como la congregación de Israel habitaba en la ciudad de Jerusalén, del mismo modo la congregación o asamblea de los creyentes ha de tener y tiene, su lugar en la Jerusalén celestial, en el cielo: Acuérdate mi querido lector, que el Señor Jesús dijo:  En la casa de mi Padre muchas moradas hay; ….  Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Jn.14:2  También dijo;  Regocijaos que vuestros nombres están escritos en los cielos. Lc.10.20  El apóstol Pablo, nos dice:  Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo,(cuerpo) se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. 2ª.Cor.5:1
             Juan el evangelista, estando en la Isla de Patmos, vio a la Jerusalén celestial, descender del cielo,  Ap.3:12 y 21:10 a esa ciudad,  (Iglesia Triunfante) a esa congregación os habéis acercado, pero  la lectura dice más:   a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre  rociada  (derramada) que habla mejor que la de Abel, Hbr.12:24  
            Permíteme, mi querido lector que haga un poco de historia: El pueblo de Israel, rescatado de la servidumbre (esclavitud) en Egipto, llego al Sinaí, donde los preceptos del pacto, como se ha leído y expuesto, eran una carga que no podía más que condenar.
            Conscientes todos nosotros, que por nuestras mejores obras, no nos podemos justificar delante de Dios; nos encontramos en nuestro peregrinar, frente a Sion, donde la Gracia, el Amor y la Justicia de Dios, por medio de la sangre de nuestro Señor Jesucristo, esta a nuestra disposición; en quien encontramos no más ordenanzas, sino abundante bendición por un nuevo Pacto de gracia en su sangre.  Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Mt.26.28
            QUE ES LA SANGRE DEL ESPARCIMIENTO 
            El mismo escritor sagrado nos relata la ceremonia que Moisés efectuaba, con la sangre ofrecida como pacto que Dios mando; (léase en He.9.15/22)  para terminar diciendo: sin derramamiento de sangre no se hace remisión. La sangre del esparcimiento o derramamiento, es la representativa de la pasión, de los sufrimientos, de las vejaciones, de la humillación y de la muerte  en cruz de nuestro Señor Jesucristo; sacrificado así, cual cordero de Dios, para quitar el pecado del mundo.
            La redención de nuestras almas, costo sufrimientos indecibles hasta la muerte; la sangre derramada de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 1ª.Jn.1.7  Es la verdad más profunda de la dispensación de la gracia de Dios.
            LA SANGRE DERRAMADA, ES LA VOZ DE LA DISPENSACION DE LA GRACIA.  (Léase He.9.11/17)
            En Gálatas 4:4/5 se nos dice:  Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo; nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. En  Tit.2.11, leemos:    Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres. Y en He.2.9   Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.
            LA SANGRE QUE HABLA 
            La sangre de nuestro Señor Jesucristo habla; no, nos dice que habló, sino todo lo contrario habla, que está hablando; que habla siempre, continuamente en un ruego a Dios y un testimonio a los hombres, porque tenemos redención en su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia. Ef. l.7  Habla por medio del evangelio; de perdón, de amor, de sustitución y de vida eterna.
            Habla muchísimo mejor, que la sangre de Abel: Aquella era la sangre de la envidia y del odio, maldijo el clamor de la tierra; era la voz de la ira y condujo al castigo, que marcó al asesino, y fue para muerte.  La sangre de nuestro Señor Jesucristo, habla a los hombres por Dios y habla a Dios por los hombres; de modo que nos dice:   Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Ya no hay más ira, ni juicio alguno, porque la tempestad del pecado se desato y se agoto en el calvario; habiendo obtenido eterna redención. He.9.12
            En la lectura hemos leído: Os habéis acercado... y a la sangre rociada (derramada.)  Yo quisiera mi querido amigo, que esa sangre, te la hicieras tuya, que la aceptes como solución que viene de Dios, para tu redención y salvación: Tu debes apropiártela como derramada por ti y para ti, y serás emblanquecido más que la nieve; me queda muy poco que decir; pero te ruego, que no recibas la gracia de Dios en vano.  Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desechamos al que nos amonesta desde los cielos. He.12.25  Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron. He.2.1/3  
                                                                                     V, Ibáñez
           
           
 
           

sábado, 17 de octubre de 2015

LA SANTIFICACIÓN

                             LA  SANTIFICACIÓN    
                                             Hebreos 10:10
En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”

INTRODUCCIÓN:
                               Permitirme que os exponga hoy un tema de suma importancia, para conocimiento y enriquecimiento de nuestras vidas cristianas              según las Escrituras; y que por su importancia y comprometido que resulta ser; algunos lo evaden con sarcasmo y desdén por ignorar o querer ignorar lo que ellas mismas nos revelan sobre el particular.
                               Me refiero concretamente a la Doctrina de la Santificación; doctrina que no debe ser considerada de esa forma ni tratarla con indiferencia; ya que es la razón de nuestro SER.  Por lo mismo, no me mueve al tratar este tema, el desacreditar a nadie ni hacer de ello ídolo o bandera que pueda destronar a Cristo; pues como dice Pablo: “a fin de que nadie se jacte en su presencia. Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1ª.Cor.1:29/31)
                               Las Sagradas Escrituras nos revelan lo que somos, la posición en que nos ha colocado y el carácter que Dios imprime en todo creyente mediante Cristo: “por cuya voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”  Pedro en su 1ª. Epístola, cap.1:2, nos dice que hemos sido “elegidos de Dios Padre en santificación, y en cap.2:9, nos dice que somos: “linaje escogido, real sacerdocio, nación (gente) santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.”
                               El Santoral Católico-Romano, hace santos ó santifica a los muertos; Dios mediante la obra Redentora de Nuestro Señor Jesucristo, hace Santos ó santifica a los vivos de entre los muertos en sus delitos y pecados que aceptan o han aceptado a Cristo como Señor y Salvador, haciéndonos nacer de nuevo por el Espíritu e imprimiendo en nosotros una nueva naturaleza e identidad.
I.- CONCEPTOS ERRÓNEOS DE LA SANTIFICACIÓN
                Algunos tienen un concepto erróneo de lo que es la Santificación, y creen explicar, que es algo que el creyente debe realizar para la limpieza de la naturaleza caída innata en el hombre, y que la erradicación por sí mismo de esa raíz o tendencia pecaminosa es la santificación. Esto es, como si esa virtud dependiera del buen hacer del creyente, como para santificarse por sí mismo y por sus obras, sin realizarse en él mismo obra de Gracia alguna.
                No, mis queridos amigos y hermanos, nadie por su virtud o piedad pueden ejercitar esa limpieza interior, haciendo santo lo que antes era contaminado y vil. (Léase, Hbr.1:3,- 9:14 –Tit.2:14 -1ª.Pdr.2:9/10)  Pablo nos recuerda que “librados del pecado y hechos siervos de Dios, tenemos por nuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna;” Rom.6:22  y seguidamente en el cap.7 de Romanos, el apóstol aborda la santificación mediante la muerte a las obras de la Ley.  Porque la santificación es un fruto de la nueva naturaleza adquirida al haber nacido del Espíritu a fin de que anduviéramos en ella. Rom.6:4.
II.- SIGNIFICADO DE LA SANTIFICACIÓN
                El significado de la palabra “santificación,” según la encontramos en las Escrituras es; “separación,” esto es, (poner aparte) y tiene la misma significación ó raíz de sentido, tanto en Griego, como en el Hebreo.
                La primera vez que en las Escrituras hallamos esta palabra, es en Génesis 2:3 en relación con la institución primitiva del sábado: “Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó…  Es pues evidente que sucediendo esto, como sucedió antes de haber entrado el pecado en el Mundo; es imposible a todas luces que pueda relacionarse de modo alguno a pensamiento o idea alguna de limpieza de la naturaleza caída.
                ¡Oh, no os acordáis lo que dijo el Señor Jesús en el acto del lavamiento de los pies a sus discípulos!  “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis.” Jn.13:10   Simplemente Dios puso aparte ó separo ese día de los demás, como día especial para él gozando de un reposo.
                Por la misma razón leemos en las Escrituras; de objetos, lugares y personas, santificadas; es decir, puestos   aparte ó separados como pertenecientes a Dios de un modo especial y para su servicio. (Léase, Exd.13:2 – 19:22/23 – 40:10/11 – Lev.8:30)
III.- LA SANTIFICACIÓN ES OBRA DEL TRINO DIOS
                La santificación es una obra y propósito del Dios Trino que mediante la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo a nuestro favor, el creyente que acepta y se apropia esa obra de redención, viene a ser hecho hijo de Dios, engendrado por voluntad de Dios (Jn.1:12/13 y la voluntad de Dios es nuestra santificación 1ª.Tesl.4:3, así que el creyente que ha nacido de nuevo es colocado en una posición de “separación”  con el propósito de que fuésemos hechos conforme a la imagen de su Hijo. Rom.8:29
                Así leemos que somos santificados en Dios,” pues la voluntad de Dios es vuestra santificación 1ª.Tesl.4:3 y el mismo Dios de paz os santifique” 1ª.Tesl.5:23 “nos escogió… para que fuésemos santos” Efe.1:4 “a los llamados, santificados en Dios Padre”  -Jud.1
                Mediante el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, somos santificados: “Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” Efe.5:25/26- “En Cristo nos ha sido hecho por Dios, santificación· 1ª, Cor.1:30 –“santifica a los santificados, por la ofrenda de su cuerpo” Hbr.10:10 – “Por lo cual también Jesús, santifica a su pueblo, mediante su propia sangre.” Hbr.13:12
                Además de esto, la obra del Espíritu Santo nos conduce a que sea una realidad, lo que ya somos en la mente y propósito de Dios: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu” 1ª.Pdr.1:2 – “ya habéis sido santificados...por el Espíritu de nuestro Dios” 1ª.Cor.6:11 – “escogidos para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” 2ª.Tesl.2:13 – “para que los gentiles le sean ofrenda agradables, santificada por el Espíritu Santo” Rom.15:16
                Otro aspecto de la santificación del Espíritu es por la fe en la verdad, o sea, la verdad de Dios revelada en su palabra por el Espíritu Santo. –“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad… que también ellos sean santificados en la verdad” Jn.17:17-19 –“santifícalos, en el lavamiento del agua por la palabra” Efe.5:26
                Por lo anteriormente expuesto, hemos podido transcribir, lo que revela la Santa Escritura en cuanto a nuestra santificación; es una obra en la que interviene la Santísima Trinidad en el creyente, realizándola desde su interior, Efe.3:16 y afectando, su espíritu, alma y cuerpo. 1ª.Tes.5:23  Por consiguiente no puede ser obra alguna humana; pero deberíamos ser conscientes y ponderar la posición en que hemos sido colocados ante los ojos de Dios, para que independientemente de nuestras caídas, frialdades. alejamientos ó desconocimiento, (que no deberíamos justificar, sino más bien confesar) “sean afirmados nuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre. 1ª.Tes.3:13
IV.-  REALIZACIÓN PRÁCTICA Y TESTIMONIAL DEL CREYENTE
                Hemos estando considerando esta doctrina, en sus aspectos de significación y como obra Divina en donde el creyente es colocado por voluntad de Dios y ante él en una posición de santificado ó separado.
                Es importante reconocer esta doctrina como idea ó plan primario y fundamental, en el sentido de separación, porque así vemos bajo esta aspecto que no hay diferencia entre un cristiano u otro, sea joven ó anciano más experimentado. La diferencia vendrá marcada en cómo se traduce esta realidad en nuestra experiencia y vida cotidiana, en el sentido de adelanto ó progreso, (y nunca justificando un pobre y débil testimonio en detrimento de otros; esto ocasionaría un grave daño moral, nunca justificado por las Escrituras.)
                Las enseñanzas del apóstol Pablo a los Corintios, no tenían otro propósito que este; el declararles que como  “santificados en Cristo” 1ª.Cort.1:2 tenían un bajo concepto de la responsabilidad en cuanto a la realización ó manifestación de esta verdad; no podía hablarles “como a espirituales, sino como a carnales,” pues parecían ignorar que  “eran templo de Dios y que su Espíritu moraba en ellos” 1ª.Cort.3:16  de ahí esta severa advertencia: “ si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él.” 1ª.Cort.3:17
                Una cosa es el privilegio de nuestra posición ante Dios y lo que en realidad somos ante sus ojos, y la otra la manifestación de esta verdad en una vida separada de las apetencias mundanas y la responsabilidad en preservarla.
                Toda la revelación de Dios en las escrituras, es tendente a concienciarnos de nuestro privilegio y a que seamos coherentes con él en nuestra manifestación ó realización; “nos eligió para obedecer,” “nos escogió para que fuésemos santos y sin mancha,”  “para que fuésemos hechos conforme a la imagen de su Hijo,”  “para participar de su santidad,”  “para que sigamos la santidad sin la cual ninguno vera al Señor,” “para santificar a Dios en nuestros corazones,” “ para que seamos santos como él es Santo.
                No debemos olvidar que la santificación Divina, la separación hecha por Dios, es obra destinada a una realización testimonial y de uso práctico en todo creyente, así nos lo dice el apóstol Pablo; “será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.”  Y deberíamos comprenderlo así:   El hecho Divino, nuestra santificación; y la actitud testimonial del creyente nuestra consagración ó dedicación a ese hecho Divino“Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”  2ª.Tim.2:19, “ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.”  Rom.6:13-19
V.-  ACCIÓN PROGRESIVA DEL CREYENTE
                El hecho fundamental de nuestra separación ó santificación, tendrá una respuesta progresiva y positiva en el creyente, en la medida del grado de desarrollo de su fe mediante la lectura y la aceptación de su verdad revelada; algo así indica las palabras de Cristo. “santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad.” Juan 17:17  Porque el corazón y así mismo nuestra vida, deben recibir de su revelación, la virtud y la fuerza necesaria para el progreso de nuestra separación en una realidad vivible y constante.
                Por supuesto que como la luz de la aurora va en aumento progresivo, la vida de cada creyente en su carácter peculiar que en él ha sido impreso por el nuevo nacimiento ó regeneración; ha de ir acrecentándose para resplandecer como luminares en el mundo a Gloria de Dios, reteniendo la palabra de vida. Fil.2:15/16  Y en este empeño de progresar, disponemos de una valiosa ayuda y colaboración Divina a nuestro favor; cuando por voluntad propia y en el ejercicio de nuestra fe, solicitamos de aquel que nos dejo dicho: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.”  Juan 15:16  Es evidente que necesitamos la ayuda necesaria que supla nuestra debilidad natural de la carne: “si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye….1ª.Juan 5:14/15   ¡Nos damos cuenta de esto! “Todas las peticiones conforme a su voluntad”   la voluntad de Dios es nuestra santificación, nuestro apartamiento de todo aquello que no sea inherente a la nueva naturaleza adquirida por el nacer del Espíritu.
                En esta tarea ha de estar dedicado todo creyente, es parte de nuestra contribución a fin de que sea una realidad el progreso en la Santidad; “considerándonos muertos al pecado, pero vivos para Dios, al objeto de que no reine el pecado en nosotros. Rom.6:11/12  
                Mis queridos y pacientes lectores, este proceso activo, progresivo de nuestra santificación, dependerá en mucho de nuestra clara comprensión y reconocimiento de estos dos hechos fundamentales: Que Dios nos ha separado para sí como una propiedad suya para su completa posesión y uso testimonial constante; y luego de nuestro sincero reconocimiento y plena realización actual y constante de esta gran verdad, entregándonos en espíritu, alma y cuerpo para que él mismo obre en nosotros, el querer como el hacer, por su buena voluntad. Fil.2:13
                “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amen (Hebreos. 13:20/21)  
                                                                              V. Ibáñez                  
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miércoles, 8 de julio de 2015

¡HOMBRE DE POCA FE!

                               ¡HOMBRE DE POCA FE!....
                Lecturas. Mat.14:22/32  -  Marc.6:45/52  -  Juan. 6:15/21
                                                    Texto. Mat.14:31
            Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él y le dijo:
                      ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?        

                               La lectura de estas porciones contiene en sí, la narración del acontecimiento milagroso de Nuestro Señor Jesucristo andando sobre el mar. Y en la narración de tal prodigio, los evangelistas Mateo, Marcos y Juan, complementan contando los hechos y todo cuanto aconteció, sin omitir detalle alguno.
                        Este acontecimiento sucede pocas horas después del milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces, que dio de comer a cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mat.14:21)
                        Mateo y Marcos, nos relatan que el Señor Jesús, mando a sus discípulos subir a la barca con el fin de que fuesen delante de él hasta la otra ribera, entretanto despedía a la multitud que querían hacerlo rey; según el relato de Juan, ya estaba oscureciendo el día cuando el Señor subió al monte a orar, sorprendiéndole la noche, allí solo.
                        Juan da aquí dos detalles que nos revelan la ansiedad y temor con que realizaban el viaje los discípulos; la oscuridad de la noche y la falta de la compañía del Maestro. (Jn.6:17)  Mateo, 14:24 acentúa esta congoja diciendo: “la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas;
Marcos añade: y él solo en tierra.”
                        Los evangelistas relatan que los vientos les eran contrarios; esto explica la fatiga y la zozobra que pasaron desde que embarcaron al oscurecer hasta La cuarta vigilia ( de tres a seis, hora de la mañana)
                        I.-  JESÚS ANDA SOBRE EL MAR
                               Marcos dice que: cerca de la cuarta vigilia y viéndoles remar, el Señor viene a ellos andando sobre el mar y observan, que su intención era el adelantarles, esto es, dejándolos atrás. Es de notar este detalle, porque ven al Señor aproximarse a ellos, pero no de frente, sino en ademan de pasar de largo por un lado de la barca; aquí entra el pánico, se turban, le ven acercarse y creen ver un fantasma; gritan se desesperan y es el Señor quién les dice con su voz reconocida. “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis”!
                        Las palabras del Señor Jesús obran lo que expresan, prueba de ello lo fue el ánimo de Pedro quien dice: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas,”  el Señor le respondió; “Ven”  y Pedro anduvo un trecho sobre las aguas, pero el fuerte viento que azotaba y violentaba las olas, surtió sus efectos y volvió el pánico y tuvo miedo.
                        ¡Que hombre, con todos sus defectos y cualidades humanas, no ha pasado por alguna experiencia como esta en la vida¡  ¿Quién no ha recibido o recibe en esta vida, los embates de fuerte viento azotándole en su cuerpo en forma de prueba, por falta de salud, trabajo o soportando tribulación de diversas formas y maneras hasta el punto de debilitar nuestra fe?
                        Y en esta nuestra debilidad, que por las vicisitudes naturales de la vida padecemos; experimentamos la oportunidad del obrar del Señor a nuestro favor, cuando conscientes de nuestra situación, gritamos como Pedro: ¡Señor sálvame! La mano del Señor esta cerca para cogernos y ponernos en lugar seguro. Aquí mis queridos lectores podíamos muy bien oír las palabras de salmista: “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”(Sal.23:4)
                        II. - ¡HOMBRE DE POCA FE!
                               No es la primera vez que el Señor pronuncia estas palabras en relación a sus discípulos; (Mat.8:26 – 14:31 – Luc.12:28)  pues nadie como el Señor Jesús conoce nuestra condición: “se acuerda de que somos polvo” (Sal.103:14) y que heredamos las consecuencias de la transgresión;
trastornando y debilitando nuestra carne y mente, haciendo presa en nosotros todo suerte de dudas y temores.
                        Jesús era consciente de todo esto y se admira de la poca fe, que hizo caminar un trecho sobre el mar a Pedro; y notemos que el Señor le dice: ¡hombre de poca fe!  No le dice: de ninguna fe, sino de poca fe, pues él sabe que la fe es un proceso de continuo crecimiento, según la medida del conocimiento que de su persona y palabra tengamos.
                        Buena lección sobre esto, son los casos en que el Señor delante de sus discípulos, alaba la fe de: la mujer cananea (Mat.15:28) la del Centurión en Capernaum (Mat.8:10)  y en otras tantas situaciones el Señor pudo enseñar con sus milagros la importancia y el valor de la fe, que por muy pequeña que sea, no llega al tamaño del grano de mostaza: y con esto parece contentarse, al decir:  ·Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mat.25:23)
                        “Hay una fe que es débil, pero que sin embargo es verdadera; y aunque sea débil, por el hecho de ser verdadera, Cristo no la rechazará” (Richard Ward)
                        “Debemos distinguir entre una fe débil y una falta de fe. Una fe débil es una fe verdadera. La caña cascada es débil, pero aún siendo débil Cristo no la romperá. Aunque tu fe sea débil, no te desanimes. Una fe débil puede recibir a un Cristo fuerte”(Thomas Waston)   Cristo puede sacarnos de las aguas tempestuosas, aunque sea una cruz, nuestra única luz, mi asiduo lector.
                        ¡ Cuantos hay que en su leal entender y saber, tienen como referencia; la cruz como única claridad que irradia salvación y perdón¡ El ladrón en la cruz junto a Jesús, no alcanzó un grado elevado de fe; sin embargo al ejercitar su débil fe, recibió respuesta de salvación.
                        III. - ¿POR QUÉ DUDASTE?
                               Pedro inicio sus primeros pasos sobre el mar, queriendo confiar en aquel “Ven” pronunciado por el Señor Jesús; pero dudó y este fue su reproche:¿Por qué dudaste? Esto es Pedro; ¿por qué dudaste de mí? No cabe duda que nos debilitamos en la fe, a medida que cuestionamos la palabra del Señor.
                        Mis queridos y pacientes lectores, la duda es una mala compañera para el creyente, en cualquier condición y circunstancias de nuestra vida; nuestro corazón puede ser enfriado y debilitado a causa del medio en que podamos encontrarnos;  es algo que nos acompaña en nuestra vida como creyentes, puesto que Judas el Apóstol, nos exhorta de esta forma: A algunos que dudan, convencedlos. No olvidemos que con respecto a la “duda” en la Escritura encontramos advertencias significativas para nuestra reflexión; el mismo Señor Jesucristo, fija la atención en la ineficacia de la fe; si “dudaremos en nuestro corazón” (Marc.11:23)  Santiago en su epístola, cap.1:6/7 dice: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.”
                        Bienaventurados seremos si reconocemos nuestra falta de fuerzas; pues aun nuestra poca fe,” arrancara de nosotros aunque angustioso un grito de fe, como Pedro: ¡Señor sálvame!  Pasaremos por momentos difíciles de prueba, que sin duda Dios permitirá en sus designios, pero aun así serán para nuestra salvación y santificación. En nuestra travesía por la vida, El Señor no nos prometió que estuviéramos exentos de pruebas i dificultades; pero sí nos ha prometió una llegada feliz.
                        Dios de amor, tu gracia basta
                        Y no debo desconfiar;
                        Tus promesas nunca faltan,
                        Ni jamás me dejarás.         (Enrique Turrall)

Comentarios a:                                                                       V. Ibáñez
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